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Jennifer Aponte, Toa Baja, Puerto Rico. Hechos 22:15 lee: “Porque serás testigo Suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Y, Proverbios 11:30 dice: “El que gana almas es sabio”. Durante este tiempo en el entrenamiento he visto la importancia de predicar el evangelio y testificar en cada oportunidad. Todos los días se pierden millones de almas, y nosotros tenemos la oportunidad y la obligación de hablarle para que sean salvos.
Sin embargo, aunque dar testimonio y predicar el evangelio es la responsabilidad de todo creyente, mi experiencia antes de venir al entrenamiento era casi ninguna. Aunque estaba bien segura que tenía lo mejor al ser salva, nunca daba testimonio del Señor que moraba en mí. Esto me dejó ver que mi disfrute de Cristo no era genuino, porque cuando uno tiene un verdadero disfrute, lo que uno quiere es hablarle a todo el que se encuentra en la calle.
Así que desde que llegué aquí y empecé a experimentar y disfrutar este Cristo maravilloso y a servir en el equipo del evangelio que visita el recinto universitario, he visto como mi amor por los pecadores ha aumentado y cómo el Cristo que está siendo dispensado en mí, puede fluir a otros. Al principio, se me hacía difícil hablar, pero con la práctica he podido ver que estoy siendo perfeccionada y estoy aprendiendo a perder la cara.
Por otro lado, también mi carácter es tocado al predicar el evangelio. A fin de testificar del Cristo que hay en mí, tengo que ser una persona adecuada, mi conducta tiene que ser diferente, de manera que mi actitud y mi persona misma expresen al propio Cristo. De esta manera, predico siempre y hablo sólo cuando sea necesario.
Ahora sí puedo testificar, que luego de la salvación, los días más felices son los días en que conduzco una persona al Señor. Ahora comprendo que esto debe ser parte del vivir diario de un cristiano, que siempre estemos llenos de gozo, conduciendo personas al Señor.
Al predicar el evangelio de esta manera, mi vida espiritual ha progresado porque me lleva a orar constantemente por los contactos y para que el Señor me siga perfeccionando de manera que pueda cuidar apropiadamente de ellos.
Mi oración al Señor es que el testimonio del evangelio brote en mí continuamente hasta la venida del Señor. Innumerables almas están esperando la salvación; por tanto, quiero ser un testimonio que los guíe a Cristo. Oh, Señor, hazlo en mí.
(Entrenante en su segundo semestre, otoño 2006) |
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