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John Lii, Riverside, California, EUA Al principio del entrenamiento todos los entrenantes tienen que firmar un acuerdo de consagración. Yo me había consagrado a Dios otras veces en el pasado, pero esta vez era diferente. Sabía qué significaba la consagración en mi mente, pero esta vez era la primera vez que creo que experimentaba la consagración. Levítico 7:37, nota 1 en la Versión Recobro dice que la palabra “consagración” en hebreo es literalmente “llenarse (las manos)”. Los sacerdotes se llenaban las manos con las ofrendas. Si quiero consagrarme a Dios, primero tengo que soltar todo lo que está en mis manos, y después llenar las manos con ofrendas para Dios. Cuando estaba leyendo el acuerdo de consagración, estaba abrumado por el sentimiento que yo no quería desechar todo; estaba muy incómodo, como en un dilema.
Después de un tiempo con este sentimiento, estaba orando y sentí una voz: “Claro. Tú no puedes consagrarte porque no eres fiel y no tienes fe”. Y una palabra del séptimo grado regresó a mí: “Nadie puede consagrarse al Señor. Pero si oras que quieres consagrarte a Dios, Él, quien es fiel, honrará esta consagración. Él va a realizarla por ti”. Pues, poco a poco, las cosas que están en las manos están yendo al altar.
La tercera semana, una noche, no podía dormir. Tenía miedo que Dios quería mi escuela. Antes de venir, fui aceptado en una escuela de medicina en los Estados Unidos de América. La escuela me permitió venir al entrenamiento por un año. Después de un año, si no voy a la escuela, ellos no me aceptarán. Claro, el entrenamiento es de dos años. Al principio, yo no estaba abierto al segundo año. Y el Señor me habló diciendo: “Yo quiero todo, si me das todo, puedo darte todo”. Con lágrimas consagré específicamente mi escuela y mi futuro a Él y repentinamente dejé de llorar.
El Señor está tocándome, más y más sobre otras cosas, siempre diciéndome: “¿Y qué de esta? ¿Está en el altar?”. Poco a poco, estoy entrando en la realidad de la consagración.
(Entrenante en su primer semestre, otoño 2006) |
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